El viaje sin fin - Sitio de Jorge Horacio Richino

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El viaje sin fin

(Cuento)

 

El hombre se acercó hasta la ventanilla de expendio de pasajes de la vieja estación del ferrocarril. Allí se expresó de la siguiente forma:
- Por favor, deseo el boleto más caro que tenga el servicio.
- A que lugar va usted, señor?  le preguntó el empleado.

-No importa el lugar, usted véndame el pasaje más caro.


El empleado que no tenía muchas ganas de perder el tiempo le dio un boleto que tenía por destino la estación terminal del servicio;  y el hombre, luego de pagar, se retiró conforme de la ventanilla.

El señor, que no llevaba consigo equipaje, se ajustó un botón de su saco, se arregló el nudo de su corbata, guardó su billete en uno de los bolsillos, y se dirigió al andén para tomar asiento en uno de los bancos que se encontraban al exterior de la estación, y en tanto aguardaba la llegada del tren, comenzó a contemplar las flores de unos canteros que se hallaban a su alrededor. 

Al cabo de un rato se escuchó el silbato de una locomotora que se aproximaba a la estación entre los chirridos de sus ruedas al frenar y
el estrepitoso ruido que generaba la caldera al despedir sus bocanadas de vapor.
De pronto el convoy se detuvo y descendió de él un grupo de personas donde se podía ver una mujer mayor y tres aparentes matrimonios acompañados por un grupo de jóvenes.

El caballero ya se había levantado de su asiento y tuvo que apresurarse para abordar el tren, pues el guarda -parado en el estribo del último vagón- anunciaba la inmediata partida de la formación.
Apenas subió los escalones de la puerta de ingreso al vagón, buscó un asiento junto a una ventanilla para poder contemplar el paisaje que le ofrecería su viaje.

Casualmente no le fue difícil hallar el lugar adecuado, pues el vagón estaba totalmente vacío.
El tren inicio su marcha y como es común a esas viejas locomotoras de vapor, lentamente y notándose la fuerza que debía realizar la máquina para arrastrar al conjunto de vagones que se alistaban a ella, fue recorriendo pesadamente los primeros tramos hasta que tomó su velocidad usual.

Así comenzó el camino del caballero que parecía disfrutar del viaje observando detenidamente cada postal de imágenes que se presentaba a sus ojos, a través del marco de la ventana.
De esta forma, el tren, recorrió un largo camino y solamente se detuvo en algunas escasas estaciones que sirvieron al viajero para que pudiera reflexionar sobre los paisajes que había estado disfrutando.

- Señor! -dijo el guarda- va a tener que bajarse, aquí termina el recorrido.
- No es posible, contestó el hombre y agregó: éste no es el sitio a donde yo voy, seguramente el tren retomará la marcha.

El guarda le explicó nuevamente que no seguiría el viaje y que ese era el final, y también que ya nadie quedaba en el tren. Incluso el maquinista había bajado de la locomotora para realizar las formalidades de rigor antes de efectuar las maniobras para poner la máquina en posición opuesta y enganchar, otra vez, la formación.

Ante la reiterada negativa del pasajero para descender, el guarda le informó que iría a buscar al jefe de la estación a fin de que concurriera con alguna autoridad policial, si fuese necesario, para que el señor desistiera de su empecinamiento, y cuando descendió del vagón sucedió algo notablemente insólito.

El convoy comenzó a moverse despaciosamente y casi ni se escuchaban los ruidos comunes a la partida usual de un tren arrastrado por aquellas ruidosas e imponentes locomotoras a vapor. De a poco fue cobrando marcha progresivamente y vaya a conocerse por que causa equívoca de la casilla de señales y cambios, la formación tomó por una vieja vía abandonada y para asombro de los que quedaban en la estación se fue perdiendo en el horizonte, de una manera tan extraña que parecía que se lo estaba tragando el crepúsculo de la tarde.

En tanto, dentro del tren, el pasajero permanecía sereno y siempre observando las imágenes del camino, que parecían, cada vez, menos intensas.
Así fue como la formación número 2409 de la línea de transporte “Ferrocarriles del Paraíso”
se perdió en una inexplicable dimensión y nunca más se supo de ella.
Posteriormente se pudo determinar que éste había sido su viaje nº 1945 y que había dado un servicio útil a la empresa.
Demás circunstancias de este relato se ignoran y nadie se ha encargado de continuar averiguando sobre tan extraña desaparición.

Autor: Jorge Horacio Richino.
Serie: Cuentos desinspirados.
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